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Contrariamente a lo que pensamos, la elaboración de mitos no sólo se produce en la Grecia clásica. Cierto que a los antiguos griegos debemos la creación de algunos de los más universalmente reconocidos como la hidra de las siete cabezas o las musas. Pero no es menos cierto que la cultura popular sigue creando mitos en nuestros días para intentar explicar lo racionalmente inexplicable. Y entre ellos están el del butanero como alegoría del vigor físico, el vendedor de enciclopedias como paradigma del tesón, o -y éste es el que nos interesa hoy- el intermediario como ejemplo de la capacidad desmedida de crear riqueza.

Casi siempre, hay hechos lógicos que tienen que ver con la génesis del mito. Resulta complejo dar con los más remotos, pero no tan difícil hacerlo con los más recientes. En el caso del intermediario, creo recordar que entró en el imaginario colectivo de la mano de la primera crisis del petróleo, cuando se hablaba de la inflación (descubrimiento económico de aquel momento, equivalente a la actual prima de riesgo) y se buscaba a los perversos responsables de la misma (lo que sería, en la época, el equivalente a nuestros banqueros de inversión).

Y ahí contribuyó decisivamente Alfredo Amestoy con un programa en la TV de la época en el que, según creo recordar  (y perdóneme el lector la imprecisión, porque un servidor tenía sólo once o doce años), perseguía unas hortalizas desde el huerto de un honrado agricultor hasta el supermercado, donde el ama de casa pagaba un precio que nada tenía que ver con el que el productor había recibido. El intermediario era -huelga decirlo- el malo malísimo que había recargado enormemente el precio de aquellas berenjenas en su caminar del huerto al plato.

Hoy, tras años de vida y formación, tengo claro que existe algo que se llama “la distribución”, que aporta un valor real que debe ser retribuido. Aquel intermediario de Amestoy contruye hoy plataformas logísticas, monta cámaras de frío, paga controles de calidad, mueve flotas de transporte … es decir: se gana el derecho a retener una parte del precio de esa berenjena que finalmente consumimos. Puede que nos siga siendo menos simpático que el agricultor, que sigue asumiendo en el campo la dura maldición bíblica de ganarse el pan con el sudor de su frente, pero hace un trabajo que es importante y que alguien debe pagar.

Pero hoy tenemos otro tipo de sectores de actividad, que no tienen nada que ver con lo físico, y a los que -supongo- algunos llaman “industria” sólo por evitar parecer aún más etéreas de lo que en realidad son. Es el caso de la “industria cultural” o la “industria del contenido”. En ellas -pese a que cada vez hay menos “cosas” que transportar, almacenar o distribuir- siguen existiendo intermediarios. Que tienen aún más impacto en los precios finales que aquellos del programa de Amestoy. Basta mirar el porcentaje del precio que cobra el autor de un libro para darse cuenta de por qué Amazon encontró un lugar bajo el sol “desintermediando” en el mundo del papel; basta mirar lo que ingresa el cantante por cada CD para entender por qué iTunes se convirtió en la tienda de música más grande jamás explotada. Eliminando intermediarios innecesarios, los consumidores compramos hoy libros y discos más baratos que hace quince años.

Y nunca se han escrito más libros ni se ha hecho más música que en estos años. Y nunca ha habido un modo más eficaz de transmitir cultura que el que las redes digitales ponen hoy a nuestro alcance. Así que, como decía el título del mítico álbum de Supertramp … “Crisis? What Crisis?” De haberla, no es una crisis de creatividad, ni una crisis de desabastecimiento del consumidor, ni -en muchos casos- una crisis de caída de ingresos para quienes crean. Es una crisis de los intermediarios. Una crisis que afecta a quienes viven del modo puntual en que se han distribuído unos bienes (los culturales) durante una época histórica. Una crisis de los intermediarios.

Enlazando con el principio, puede que estemos viviendo el final de otro mito. Y siempre es triste que se nos caiga un mito. Pero del mismo modo en que los gobiernos no acudieron en socorro de los simpáticos vendedores de enciclopedias al salir la “Encarta”, ni nadie movió un dedo por el prolífico butanero cuando se montaron los gaseoductos desde el Magreb, no entiendo qué hacemos pagando entre todos a los intermediarios culturales para hacer más dulce su reconversión.

Lo cual cierra el círculo definitivamente llevándonos a uno de los pocos mitos perdurables en el tiempo: el del político que no se entera de nada. ¿Nos librará alguna vez alguien de ellos?

Comentarios

Procedura 9 marzo 2012 - 10:41

Fantástico; al final lo que los modelos de negocio basados en la web ponen de manifiesto, es que los intermediarios que no crean valor tienen que empezar a buscarse otro negocio. Esa es la clave; ¿quién crea valor? recuerdo ser sometido a un tercer grado por parte de un profesor excelente que tuve en el IE; Manolo “acosaba” a sus estudiantes con esa pregunta: ¿Crea valor o no crea valor? y era cierto que después de mirar un balance interminable, leer una memoria anual, intentar ponerte en el pellejo de la empresa, etc…. todo se reducía a eso.
Esa es una de las aportaciones de amazon, Itunes, netflix, redcoon….. eliminar intermediarios de la cadena que solamente encarecen el precio final sin aportar nada al producto; esa ha sido su fuerza durante mucho tiempo pero se ha convertido en su mayor debilidad.

Un abrazo

Julian de Cabo 9 marzo 2012 - 11:01

Exactamente ésa es la idea, caballero. ¿Crean valor o no?

Tanto los intermediarios, como los políticos. :-)

Juan Luis 12 marzo 2012 - 16:34

Como siempre, perfecta descripción de la realidad. Lastima que sigan en sus trece, imagino que perder el control y parte de los beneficios les hace perder el sentido de la realidad. En fin. No hay vuelta atrás. Espero.

James 11 abril 2012 - 15:58

Casi siempre, hay hechos lógicos que tienen que ver con la génesis del mito. Es complejo el más remoto, pero no es tan difícil con el más reciente – que es muy cierto. Realmente he disfrutado de su mensaje interesante y valioso!

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