Hace unos dÃas, hice llegar a un amigo italiano un carburador para su moto española, que le fue remitido por un comerciante americano que conocÃa a otro americano y por ello sabÃa que éste habÃa comprado la pieza a un recambista griego.
Palabra que no es un trabalenguas. Es un ejemplo real de lo que está sucediendo con la creación de comunidades online. Puede que no resulte tan visible cuando se trata de comunidades de “amplio espectro” donde la base de integrantes es amplia, pero que llama poderosamente la atención cuando examinamos grupos de ámbito más reducido.
Los cinco individuos de que hablo más arriba no se conocen fÃsicamente, y no tenÃan relación previa entre sà antes de que yo interviniera a modo de conector entre ellos. Es más, uno de los americanos me dejó “opaco” al otro deliberadamente (aunque podrÃa saber quien es porque al griego sà lo conozco). Tampoco los cinco proceden del mismo ámbito: unos fueron contactados a través de Ebay, otros de foros de motociclismo, y otros proceden de contactos de otros contactos a través de correo electrónico.
La “cara B” de eta historia es que mi amigo italiano pagó menos de la mitad de lo que hubiera costado la pieza en el caso -más que improbable- de que hubiera salido al circuito comercial normal. Y añado otro dato para mejor confusión: al menos tres de los intervinientes tenemos tÃtulo master por una escuela de prestigio. Bocconi, Houston y el Instituto.
Todo ello imposible diez años atrás. Pero la pregunta hoy es: ¿todo ello es producto de la simple casualidad?
Sin intentar mediatizar la respuesta de cada uno, hace años que dejé de creer en las casualidades.


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