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Abr

Mario

Escrito el 24 Abril 2006 por Julian de Cabo en Uncategorized

El viernes murió Mario. Ese era el nombre que dábamos todos a José Mario Álvarez de Novales; la persona que abrió para todos nosotros el camino de la tecnología en el Instituto, y que hizo nuestras vidas mejores de lo que hubieran sido de no haber tenido la suerte de conocerlo.

Intento no escribir en nombre propio porque Mario no era de nadie, excepto de Paz y de Nacho. Pero me va a resultar difícil porque una de sus muchas virtudes fue la de hacernos sentir a todos que teníamos un lugar especial en su corazón. Voy a hablar de un hombre que fue capaz de convencernos a todos de que a cada uno nos quería de un modo especial, porque simplemente lo hacia de verdad. Nunca ese cariño que nos regalaba a todos le supuso una contradicción, porque tenía un corazón tan grande que allí cabíamos todos sin dejar de ser quienes éramos.

Y es que Mario, que formó a tantas personas, nunca hizo copias de sí mismo, sino que actuaba como aquel Miguel Ángel que sostenía que la belleza la dejaba Dios dentro de cada bloque de mármol, y que su única tarea era quitar lo que sobraba para que todo aquello saliera a la luz. Mario nos quitó esquirlas a todos, pero con un amor, una entrega y una delicadeza que jamás hicieron daño, por duro que fuera lo que nos tuviera que decir.

Porque otra de las cosas que le distinguieron es que, en un tiempo donde todos tendemos a dar un paso atrás para no herir ni siquiera con el roce, Mario nunca se callaba nada. Tenía un compromiso absoluto con la verdad. Con una Verdad con mayúsculas en la que creía profundamente, y que trasladaba a su vida cada día, demostrándonos que la verdad nunca es hiriente si se expone con amor.

Creo que fue ese amor que Mario sentía por la vida y por los que le rodeaban, lo que le llevó a ser la persona positiva que conocimos todos. Para él, que vivía de la luz y de la verdad, los problemas terminaban casi siempre convertidos en oportunidades que nadie, excepto él, éramos capaces de ver.

Esa mezcla de calidez y de inteligencia, que fue una bendición para todos, la recuerdo en los últimos años convertida en mil anécdotas divertidas cuando dábamos algún paseo por el campus. Era como pasear con la Esperanza de Triana: en cada esquina le paraba alguien para “cantarle una saeta”, y él atendía a todos con la misma sonrisa y el mismo interés. Daba igual que el origen del paseo hubiera sido salir a eliminar un poco de presión tomando una horchata con un amigo; Mario era el Mario de todos mucho antes que el de sí mismo.

En él, esa inteligencia, que le hacía ver mucho más lejos que la mayoría, no sólo era compatible con su capacidad de darse a los demás, sino también con el interés real por escuchar las opiniones de todos. Porque todas les interesaban, de todas sacaba partido, y todas las agradecía fueran positivas o negativas, amables o ácidas, fundadas o absurdas. Las opiniones ajenas eran oportunidades de aprender y de mejorar en una vida que no tuvo otro Norte que la búsqueda de la verdad en cualquiera de sus manifestaciones.

Como no podía ser de otro modo porque al final (o al principio) Mario era cristiano. Un cristiano sin adjetivos; con una fe tan sencilla como la que se resume en el “amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

Y aunque me dé vergüenza decírtelo en público, Mario, me pasé dieciséis años esperando encontrarte un fallo, y sólo he sido capaz de verlo ahora que te has ido por un tiempo.

Probablemente tu único error ha sido que nos amaste más que a ti mismo.

Hasta siempre, amigo.

Comentarios

Marco 24 Abril 2006 - 11:58

Excelente homenaje a un gran hombre.

Guillermo Montes 25 Abril 2006 - 10:09

Querido Julián: Siento que tus palabras resumen el sentimiento de todos nosotros los que como a mí, tuvimos el privilegio de trabajar con Mario durante los últimos 12 meses codo con codo durante muchas horas y sentimos que lo que nos ha dejado nos acompañará cada día.
No podremos disfrutar más todos los días, de los distintos colores y sabores de su sonrisa, o la visión y sabiduría sin límites que nos ofrecía en cada charla. Pero todo lo demás que muy bien describes nos lo ha dejado grabado en nuestro espíritu para siempre. Gracias Mario, Gracias por ese cariño Profesor. Guillermo

Miguel Caballero 25 Abril 2006 - 10:48

Tengo un recuerdo muy bueno de él, no me dio clase pero sí q he estado en muchas de sus ponencias y clases “maestras”. Siempre me asombró su capacidad para enganchar a la gente, mantener una velocidad de crucero del 125% y combinar explicaciones magistrales con bromas y similares. Un abrazo para todos los que habeis tenido trato cercano con Mario.

Jorge Pascual 25 Abril 2006 - 18:29

Tuve la gran fortuna de conocer fugazmente a José Mario cuando me iniciaba en las tareas de profesorado en el IE. Pese a esa fugacidad, no recuerdo en este momento a nadie que haya dejado tanta huella en tan poco tiempo como José Mario dejó en mi.

Me quedo con la sabiduría de su sonrisa al ser conocedora que con su permanencia implacable en su rostro hacía que todos los que tenía cerca (de la forma que fuese) nos sintiésemos contagiados del torrente de entusiasmo y alegría que desprendía.

Gracias José Marío. Gracias Julián.

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