February 22, 2008   

Luces en Haro


Salvador Aragon

Aunque pueda resultar paradójico, la innovación tiene su hueco en nuestro acervo cultural. De hecho, la sabiduría popular es capaz de iluminar algunos aspectos clave de cómo se difunden y adoptan las innovaciones. A modo de ejemplo, me van a permitir una breve historia vinculada a mi infancia y a mi región natal, La Rioja.

Enologpq De niño, una de las expresiones que más llamaban mi atención era la que afirmaba “ya estamos en Haro, que se ven las luces”. Esta sentencia, en la que  se afirmaba el buen término de un viaje, me planteaba una cuestión muy simple: ¿qué tenía de especial el alumbrado público de la ciudad jarrera?

La respuesta se encontraba en el lejano año de 1890. En esa fecha Haro se convertía en la primera ciudad española en contar con alumbrado eléctrico, en estrecha pugna con otra ciudad de fuerte tradición vitivinícola, Jerez de la Frontera.

 Ambas ciudades son una clara muestra del primer ingrediente necesario para el éxito de cualquier innovación: la capacidad de poder permitirse la adopción de la misma. Una capacidad que tiene dos aspectos complementarios: la posibilidad económica y la posibilidad cultural.

A finales del siglo XIX, Haro era una de las ciudades más prósperas de España. La fuerte demanda de vino de calidad por parte de los mercados franceses, afectados en aquel tiempo por la plaga de la filoxera, permitió un fuerte crecimiento económico de la ciudad simbolizado por la apertura en 1892 de una sucursal del Banco de España.

Esta amplia disponibilidad de recursos financieros es la que permite abordar la posibilidad de un nuevo tipo de alumbrado. O en términos de adopción de innovaciones, solo a partir de una determinada capacidad adquisitiva es posible la adquisición de productos o servicios innovadores que, inicialmente suelen tener un coste relativamente elevado.

Más allá de su potencial económico, Haro era una ciudad abierta a nuevas ideas. El desarrollo del ferrocarril en la década de 1860 había creado un canal por el cual nuevas ideas, provenientes en su mayor parte de Francia, llegaban a la ciudad. Desde el método bordelés para la elaboración de vino hasta sofisticadas operaciones financieras que prefiguran los modernos mercados de futuros y opciones, la ciudad acogía con entusiasmo la innovación. De hecho, cada novedad introducida, hacía más sencilla la aceptación de la siguiente en un círculo virtuoso en el que fermentaban y maduraban las novedades empresariales y tecnológicas.

Esta capacidad para aprender o adsorber nuevas ideas, constituye el segundo rasgo que identifica los mercados susceptibles de adoptar una innovación. En palabras más modernas, la innovación solo es capaz de germinar en un contexto cultural que la favorezca.

La combinación entre la capacidad económica y cultural constituye la base sobre la que apoyar la adopción de innovaciones.  Esta sencilla regla nos puede permitir una identificación de aquellos mercados potenciales capaces de aceptar la novedad.

Finalmente, esta potencialidad económica y cultural deber ser complementada por una condición de la propia innovación. El  valor aportado y percibido en la innovación debe ser comparativamente superior al de las propuestas tradicionales. Un aspecto que por su relevancia merece un tratamiento específico en futuros posts.

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Posted on 22 February 2008 in Innovación / Innovation

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